Dialogar... dialogar... dialogar

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Ella y Él
Unidad... uno de los signos de los tiempos.
Toda empresa, todo progreso científico, toda obra apostólica seria, se hace en común.

Hay que recordar que Juan XXIII, el Papa que supo descubrir los «signos» de los tiempos, vivió y murió testimoniando la unidad. Ahí quedó el Concilio Vaticano II, esfuerzo de toda la Iglesia por encontrar los caminos de la unión con el resto de los cristianos... y de los cristianos entre sí — dijo ella cuando él leyó ese encabezado.

Fue petición constante en los labios de Jesús: «Padre, que todos sean uno», sobre todo en los últimos días de su existir terreno, cuando la nostalgia se hacía inevitable y en el corazón de Cristo hombre surgía el temor de que con su ida pudiera venir la disgregación.

La unidad, deseo divino, es fruto verdadero y necesario del amor. Para los esposos tiene que ser camino y meta. «La unión de los esposos cristianos —palabras de Pío XII— es camino de santidad». Porque amar es salida y encuentro... salir del «yo» hacia un «», para encontrar el «nosotros».

El sacramento del matrimonio es, por excelencia, signo de la unión humana. Fusión de cuerpos, de espíritus, de almas. Fusión de dos personas, de dos vidas con todo lo que de espléndida riqueza lleva consigo el vivir. «Tú» y «para siempre»... he ahí las dos palabras mágicas, eternamente conjugadas en todo amor humano, sacramental después. «Tú y yo», unidos... caminando juntos.

De la unión —con el «nosotros»—, surge una comunidad más rica. No existe anulación de personalidad, sino riqueza. Cada uno de nosotros aporta al otro lo que le falta... y lo complementa. «Contigo lo tengo todo», se canta al ser amado.

Vivir en unión. Aquí radica el secreto de toda vida matrimonial: vivir la unión, que es realizar en plenitud la «ayuda mutua», es decir, el amor. Vivir la unión, que es dar constancia al sí que Dios mismo esperó un día de nuestros labios... «Tú y yo unidos por siempre».

Ponerlo todo en común trae consigo una como disponibilidad absoluta, una apertura constante hacia el cónyuge. Abrirse a él es como un mutuo abrirse.

Por encima de todo... buscar siempre la unión aunque se avecine la apatía y el orgullo diga interior-mente «no», o el amor propio quiera apoderarse del corazón humano... queramos siempre la unión.

La unidad matrimonial nos es algo «dado» ni venido al azar hasta nosotros, sino fruto de un amor que se debe renovar cada día.

La unidad es algo dinámico, como un largo camino a recorrer. Se camina siempre, se sigue caminando, se crece y se avanza... y todavía queda camino por andar.

«Donde tu irás, yo iré; donde tú permanezcas, yo permaneceré; tu pueblo es mi pueblo y tu Dios es mi Dios. Donde tú mueras, muera yo también y sea ahí enterrada» (Ruth:1, 16).

No hay que temer «perder personalidad»; por el contrario cuando cada uno de los esposos aporta una vida personal rica, espléndida en dones, la unión traerá como fruto maravilloso un matrimonio maduro.

Sólo en el «dar y recibir se halla el camino más cierto del amor... ahí radica el misterio de la unión.

Cuando Cirilo de Alejandría habla del matrimonio dice que Dios creó el «co–ser», es decir, que marido y mujer forman un solo ser conyugal. No están unidos... son uno.

Unidad física

Fruto de la unión corporal serán los hijos... lo que cada matrimonio puede ofrecer al Señor, como signo externo de sus corazones unidos, a través de dos cuerpos humanos.

Dios quiere esta unión... entró dentro de sus planes providenciales de creación y conservación. ¡Cuántas veces, debido a una defectuosa formación, existen resistencias, temores infundados, como un falso pudor! Sería desvalorizar en los matrimonios un elemento que trae su origen de Dios: el cuerpo.

La unión física es forma típica del amor conyugal. En todo amor, entregamos el corazón; en el matrimonio... entregamos el ser. Sexo, Eros y ágape unidos, en una entrega absoluta. «Tú y yo», que vivimos juntos, somos el uno para el otro.

Como ayuda poderosa para aquella otra unión más rica, de corazones, puso Dios este principio del gesto, de la carne entregada, de dos cuerpos unidos.

«Los actos con los que los esposos se unen íntimamente entre sí, son honestos y dignos, y ejecutados de manera verdaderamente humana dignifican y favorecen el don recíproco, en el que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud», nos dice la encíclica Gaudium et espes.

«No se trata de saber —escribía el padre Zundel— qué licencia podrá concederse a la carne... sino de qué santidad podrá revestirse».

Un paso adelante o en profundidad será la unión espiritual... porque hombre y mujer somos más que carne redimida... somos corazones y mentes.

Decía Pío XII: «Estén prontos a sacrificar el bien supremo de la unión no sólo los caprichos —que esto es claro—, sino cualquier idea o programa que pudiera parecerles genial». Porque la unión ha de ser la meta de aspiraciones de nuestras vidas matrimoniales y, puede ser, que en muchos momentos, casi siempre, exija una dosis de sacrificio. En el fondo, como para el logro de cualquier virtud cristiana sucede, es problema de generosidad.

Unidad sobrenatural

Así pues... no podemos olvidar nuestro ser cristianos, unidos bajo el signo santificante del Sacramento del matrimonio.

«Que todos sean Uno —le dijo Jesús al Padre—, como Tú y yo somos Uno».

En los esposos, Jesús ha depositado el germen de la gracia, de lo sobrenatural... y ha comparado esa unión con la que Él tiene con su Iglesia.

Vivir la unión con Dios cada uno es precepto divino. En el taller o en la oficina, en el campo o en la cocina, en una mesa de estudio o entre las ropas sucias de los niños. Pero, también, querer y fomentar la unión del «nosotros» con Dios, buscar su rostro sobre el hogar... ya no somos individualidades separadas, sino comunidad.

Recordemos que Jesús está siempre con nosotros, y nos los dice vehementemente: «Donde estén dos o más reunidos en mi nombre... ahí estoy yo en medio».

Fruto de la unión de almas será su presencia amorosa y vigilante. Creamos en esa presencia de Jesús... exijámosla en una oración conjunta.

«Hemos fundido, ¿no es cierto?, nuestras almas en una sola para fundir, a su vez, esta alma común en el amor sin restricción del Señor, para quien y por quien nos hemos amado. Ahora no temo nada, sea lo que sea aquello con lo que he de enfrentarme, porque Dios me ha dado por ti una fuerza y una gran paz».

Queridos amigos:

La unión es esfuerzo de ambos y de cada día. El sacramento que están por recibir posee todo un cúmulo de fuerzas verdaderas —el mundo misterioso de la gracia—, más que suficientes para que se sientan renovados individualmente... ¡saquen brillo a ese sacramento! Depositen su confianza en el Sacramento... ¡Crean en él! ¡Ahí está la solución a los problemas.

Para un cristiano todo es posible. Todo es posible para ustedes, sin sentirse desesperadamente impotentes, si encienden la llama de la fe y de vuestra confianza. Dice la Buena Nueva que nos transmitió Jesús: «Pidan y se les concederá»... y, «cuando estén dos o más reunidos en mi nombre, ahí estoy yo en medio».